El ventilador nos enfría de dos maneras. Primero, reemplazando constantemente la pequeña capa de aire que nos rodea -calentada y humedecida por nuestros cuerpos- por aire más frío y seco (enfriamiento por convección). Segundo, facilitando la evaporación de nuestro sudor, lo que mejora nuestra transpiración – nuestra forma natural de luchar contra el sobrecalentamiento – para sobrevivir, debemos mantener absolutamente nuestra temperatura alrededor de 37°C. Todo el mundo sabe que cuando tenemos demasiado calor, nuestra piel emite sudor. Pero no es tanto el sudor de la piel lo que nos enfría, sino su evaporación: cuando el sudor cambia de líquido a gas, sufre un cambio de fase que extrae mucha energía de nuestra piel (véase el calor latente de evaporación*). Así, el ventilador facilita la evaporación del sudor, expulsando el aire humedecido por la piel que nos rodea y sustituyéndolo por aire más seco. Incluso si la temperatura del aire ambiente es muy alta – 38°C por ejemplo – un ventilador puede ser eficaz, porque acelera la evaporación del sudor.